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miércoles, 20 de mayo de 2015

Nueva exposición en la Galería " Entre dos mundos " de Eduardo F. Rivas

PERSEO LIBERANDO A ANDRÓMEDA


      La más que evidente, insinuada figura de la princesa Andrómeda, hija de los reyes etíopes de la ciudad de Jaffa, Cefeo y Casiopea, entregada al monstruo marino Ceto; tributo exigido por Poseidón para salvar la ciudad, tras el atrevido y ofensivo comentario de Casiopea de ser más bella que las nereidas, resulta de una ternura infinita, y de una vulnerabilidad tan dolorosa en la humilde insignificancia de su presencia, que nos impele a luchar en defensa de la víctima inocente y angustiada. Rivas, con una policromía vibrante, que recuerda al Turner más delirante, y una ajustada densidad matérica, da forma al mito de manera magistral. Un furibundo y exoftálmico Perseo cabalgando sobre un agitado Pegaso hace su entrada en escena, rompiendo espumas marinas, en el centro mismo del sofocante maremoto, y agitando malignas nieblas atmosféricas en un remolino centrífugo que todo lo engulle y luego esparce, mientras el monstruo marino, reculando en su sorpresa, muestra sus fauces con fiereza y ansia devoradora escupiendo incandescente magma y vomitando sus pestilentes babas.

      La obra, como decíamos, más bien sugerida, que de presencia patente, indudablemente nos deja perplejos, debido a ese resultado extraordinario, tanto en sus calidades técnicas, como en la minimalista, pero contundente y brillante interpretación del mito. Una vorágine atormentadora. La fuerza irresistible de este artista gallego, es en verdad como un torbellino, algo incomparable dentro del adocenamiento y blandeces estéticas de la obra de una mayoría de los artistas plásticos actuales. Conjuga Rivas su depurada técnica con la creatividad más desbordante, y aún a veces, si el tema lo requiere, ciertamente enloquecedora.







María Mateo
Crítica de arte de Barcelona

RIVAS: EXPOSICIÓN: “ENTRE DOS MUNDOS”

      Dos mundos opuestos y antagónicos, enfrentados en muchas ocasiones de manera violenta. El paganismo clásico, representado esta vez en el polimórfico y magistralmente representado dios Apolo, patrón de los pitagóricos, quien, según Platón en su Crátilo, y exponiendo la etimología de ese nombre, le da, entre otros, el significado de redentor. También, el de pastor del rebaño humano, sanador y padre de Asklepios etc. Ha de permanecer entonces, enfrentado con el protagonista del nuevo mito cristiano, el galileo Jesús de Nazaret, quien se apodera, ante el estupor del mundo clásico, de los diferentes atributos y advocaciones del bello Apolo, y aún de otras divinidades antiguas.
      Rivas, como siempre polémico y buen conocedor del mundo antiguo, contrapone en esta muestra temática y bipolar, y de manera contundente, los dos mundos; el clásico pagano, representado en ese violento Apolo, y el idólatra católico, que él considera, una nueva forma del paganismo.
      La obra entonada en negros y grises, propios de la plástica más rigurosa  del catolicismo español, retrata en esta bella creación artística, el más puro espíritu de la Semana Santa nacional catolicista. No sin cierto sarcasmo, sobre todo en alguna de las obras; las llamadas: “Viudas de Dios”. Pero al margen de ello, así como del impresionante e irreverente cuadro, cargado de sarcasmo, titulado: “Magdalena comprueba que el Maestro no está muerto”, la obra se acerca profundamente al espíritu más desgarrador del Viernes de Pasión, así como al triunfante Domingo de Resurrección, representado en un Cristo de mirada trascendente, elevándose entre Pilatos y Judas, y ¿despojado? ya de la pesada carga de su atormentada naturaleza humana.
      La impecable técnica de Rivas, como siempre, nos admira en estos tiempos tan caóticos y faltos de oficio, en los que en arte pareciese que todo vale; y nos sobrecoge el mensaje, lo mismo que su manifestado ateismo, capaz de producir tales obras, cargadas de un misticismo, por otra parte, tan creíble como insólito. Aunque es bien cierto, que generalmente han sido los artistas ateos o agnósticos los que produjeron las mejores obras de la plástica católica. Las obras de pequeño formato que complementan a los símbolos de los dos mundos, son en su sencillez, pequeñas grandes obras de arte. El rostro de la madre de Jesús nos emociona, al contemplar esos ojos arrasados de llanto, sin necesidad del recurso de pintar lágrimas de un virtuosismo fácil, cursi e ineficaz. Veracidad, éxtasis, ternura, erotismo místico, picardía, sarcasmo y violencia; trabajado todo con el pincel rápido de vibrante trazo de este artista profundamente independiente, siempre sorprendente y polémico.
L. García-Diego
Asesor general de Revistart; Barcelona: 07-11-2009      

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